domingo, 21 de agosto de 2011

21-08-2011
¿Imperialismo contra economía de mercado?

Rebelión

Este artículo forma parte de un libro sobre el imperialismo contemporáneo de próxima aparición.

Un enfoque reciente propone reemplazar el estudio del imperialismo por el análisis de la hegemonía. Considera que la primera noción perdió utilidad y que la segunda ha recuperado gravitación para explicar dos tendencias de la época: el declive norteamericano y el ascenso chino 3.
UN MERCADO SIN IMPERIO
Arrighi estima que el imperialismo es un producto de la trayectoria militarista seguida por las potencias occidentales desde el fin del Medioevo. Entiende que esa modalidad fue privilegiada por el territorialismo ibérico, el comercio genovés, las conquistas holandesas, el colonialismo inglés y el expansionismo norteamericano. Todos apelaron a la apropiación de tierras, al uso generalizado de la violencia y al despojo de los pueblos sojuzgados, para reforzar el poder de las elites adineradas.
Ese militarismo constituyó el rasgo saliente de los imperios occidentales, en desmedro de la influencia lograda mediante acciones político-ideológicas. El imperialismo predominó frente a la hegemonía y la coerción primó ante a la persuasión o el liderazgo moral 4.
La agresividad imperial se asentó en la búsqueda ilimitada de lucros, la acumulación irrestricta y el acaparamiento de dinero para ejercer la dominación. El desenvolvimiento capitalista quedó atado al reforzamiento de las conductas belicistas 5.
En contraposición a este curso, Arrighi resalta el perfil que adoptó otro esquema menos expansivo y localizado en China. Este rumbo emergió a mitad del primer milenio y fue percibido por las vertientes “sinófilas” de la Ilustración, que polemizaron con los críticos del Extremo Oriente. Este mismo rumbo fue reivindicado por Adam Smith.
Arrighi estima que el fundador de la economía política resaltó las potencialidades de una economía de mercado, basada en actividades productivas locales y aprovechamientos del trabajo rural. Contrastó ese camino con el sendero imperial seguido por los países que priorizaban el comercio exterior.
Este relato de la experiencia seguida por China destaca cómo los adversos desenvolvimientos iniciales del comercio marítimo fueron sucedidos por la prohibición de intercambio con el extranjero. Arrighi señala que este curso fue reforzado al cabo de serias crisis (1683), que derivaron en el cierre de la economía, la redistribución de las tierras cultivables y el impulso de las obras estatales hidráulicas 6.
Ese modelo es visto como una economía mercantil distanciada de la obsesión por el lucro. Se estima que incluyó la tolerancia de las civilizaciones circundantes y la presencia de un estado regulador que limitaba la búsqueda de beneficios. Estas restricciones priorizaban el mercado interno y evitaban desenvolvimiento de las rutas marítimas externas incentivadas por el militarismo.
Arrighi retrata como el centro chino rodeado de periferias mutables difirió del sistema inter-estatal europeo de equilibrios inestables entre competidores equivalentes. Esa estructura determinó una era de pacificación de 500 años. China sólo guerreaba para asegurarse las fronteras y recurría a la acción policial para mantener su primacía, frente a los estados vasallos. El encierro de una antigua civilización ante las fuerzas capitalistas hostiles recicló esas tendencias pacifistas y evitó el imperialismo que desplegó Occidente, en el resto del mundo 7.
Pero Arrighi también explica el fracaso de una experiencia oriental que no pudo resistir la presión foránea. Ese ensayo colapsó al cabo de varias guerras con potencias europeas (1839-42) y un emergente adversario japonés (1894). China quedó subordinada a Occidente y soportó los destructivos efectos del desgobierno de los Señores de la Guerra. Este sombrío ciclo quedó cerrado con el triunfo de revolución comandada por Mao (1949) 8.
En esta caracterización, el imperialismo es reiteradamente presentado como un resultado exclusivo del territorialismo capitalista europeo. El modelo chino de economía mercantil no expansiva es exhibido como la antítesis de la violencia colonial. Ese esquema no pudo demostrar todas sus posibilidades por el sometimiento que sufrió el país durante el siglo XIX. Esa frustración anuló el esquema industrial y mercantil regulado por el estado, que Adam Smith había ponderado como un mecanismo óptimo para acotar la competencia y permitir el desarrollo social equilibrado 9.
Arrighi estudia con interés ese modelo, al considerar que sus pilares son retomados en la actualidad por el gigante oriental. Estima que en esa recuperación radica el secreto de la emergencia de China, frente a la decadencia de Estados Unidos. Mientras que la potencia asiática reencuentra el hilo histórico de su despertar, el poder norteamericano repite un declive ya experimentado por todos los expansionistas de Occidente 10.
¿CHINA CONTRA ESTADOS UNIDOS?
Arrighi contrapone la regresión financiera, la improductividad industrial y el descontrol bélico estadounidense con el dinamismo competidor de China. Atribuye la ventaja oriental a la jerarquización de actividades económicas que auto-controlan el despliegue militar.
Pero este contrapunto olvida que el curso seguido por ambos países está condicionado por un contexto común de integración a la mundialización capitalista. El espectacular avance de China se ha consumado en asociación (y no en oposición), al esquema global que lidera Estados Unidos. Estas conexiones económicas son tan significativas, que algunos autores utilizan el término “chinamérica” para describir la asociación que acaparó un tercio de la producción global y dos quintos del crecimiento mundial durante el período 1998-2007 11.
Este matrimonio canalizó el boom simultáneo de exportaciones asiáticas y consumos norteamericanos que prevaleció durante la década pasada. China ha buscado preservar esta mega-relación con el gigante estadounidense, a pesar del serio deterioro que introdujo en ese vínculo la crisis económica reciente. No está escrito en ningún lugar que el resultado final de esta convulsión será el afianzamiento oriental y el desmoronamiento norteamericano.
Ambas partes intentan por ahora remendar su asociación mediante un “rebalanceo” de sus cuentas económicas. Pretenden incrementar el ahorro estadounidense y el consumo chino, mediante un debilitamiento concertado del dólar y un fortalecimiento acordado del yuan.
Ciertamente este giro pondría en serios aprietos al modelo que facilitó la recuperación hegemónica de Estados Unidos y el reingreso de China al capitalismo. La primera potencia no puede retrotraerse hacia el ahorro interno, sin afectar su liderazgo y el gigante oriental no puede sustituir a su comprador privilegiado, recurriendo al mercado interno. Los términos del rebalanceo son muy problemáticos, ya que ninguno puede dictarle al otro las condiciones de un arreglo. Pero todos continúan buscando la forma de recomponer el acuerdo.
Estos vínculos económicos tienen cierta proyección en el plano político. El emergente oriental se mantiene distante de los acontecimientos internacionales, mientras acumula fuerzas, custodia sus fronteras y fortalece su ejército. Esta estrategia preocupa al Pentágono, que ha desarrollado varias hipótesis de conflicto con su rival asiático.
Pero esos escenarios no impiden una colaboración geopolítica, periódicamente afectada por los choques de China con la India, las incursiones al Tíbet y las reyertas con Taiwán. El gigante oriental ha mantenido la alianza que tejió con Estados Unidos en los años 70 contra la ex URSS y que mantuvo durante las conflagraciones de Camboya y Vietnam.
Nadie sabe si prevalecerá el conflicto o la coexistencia chino-norteamericana. Los factores que determinan uno u otro resultado incluyen desenlaces entre las fracciones negociadoras y beligerantes, que disputan el control del estado en ambos países.
Los gobiernos norteamericanos oscilan entre la agresión y la conciliación. Pero hasta ahora predomina la estrategia de contener negociando con escaladas puntuales (venta de armas a Taiwán, recepción al Dalai Lama, críticas a la censura informativa). Estas tensiones no alteran la convergencia en el manejo de la crisis financiera. En la cúpula gobernante china ha prevalecido el sector que propone preservar las relaciones amigables con el socio norteamericano, para continuar con el negocio de la exportación.
Los dirigentes chinos saben que Estados Unidos continúa manejando no sólo grandes empresas, sino también Wall Street, el Pentágono y la OTAN. El Departamento de Estado y ejerce un poder de veto en todos los organismos mundiales y utilizó esta suma de poderes para doblegar a la Unión Soviética, domesticar a gran parte de la periferia e impulsar la nueva etapa neoliberal.
Estados Unidos no es un imperio aislado que se repliega en soledad. Encabeza la protección militar y la administración política de un sistema capitalista global. Actúa al frente de una tríada y su devenir define en gran medida el futuro de todo el bloque occidental. Hay muchas alternativas abiertas, pero estas posibilidades no pueden indagarse con un patrón analítico simplificado de decadencia norteamericana y ascenso chino.
LA RESTAURACIÓN DEL CAPITALISMO
Arrighi considera que el avance chino se asienta en la recuperación de una tradición económica de mercado, ajena a las adversidades del capitalismo occidental. Introduce la visión de “Adam Smith en Pekín” para destacar como el país está retomando las virtudes de una civilización milenaria, opuesta a las desventuras imperiales de Europa y Estados Unidos 12.
Pero este enfoque omite registrar que China se ha embarcado en una dinámica más afín al capitalismo (cuestionado por Marx), que a la armonía mercantil (atribuida a Smith). Esta restauración tendencial del capitalismo ha permitido un elevado crecimiento, pero es históricamente regresiva puesto que reconstituye las formas de explotación y desigualdad, que comenzaron a erradicarse con el triunfo de la revolución. La justificación de este giro alegando la recuperación de un legado milenario embellece la reconstrucción de un sistema social opresivo.
Todavía no se puede formular un veredicto definitivo sobre la madurez o irreversibilidad de ese curso, pero es evidente que los pilares del capitalismo se están recomponiendo en China. Este giro no tiene la contundencia de lo ocurrido en Rusia, pero las incógnitas giran en torno a la velocidad (y a no la presencia) de esa involución. Los tres cimientos del capitalismo: propiedad privada de los grandes medios de producción, explotación generalizada de los asalariados y gravitación mayoritaria del mercado son inocultables en todo el país.
Las privatizaciones se aceleraron hasta abarcar el 52% de la industria. La libre contratación de los trabajadores ha crecido junto al desempleo y la utilización de asalariados precarizados se generaliza en la actividad manufacturera. La polarización social se acrecienta, al compás de los enormes privilegios de la elite dirigente.
China ocupa el segundo lugar en el ranking de inequidad de 22 países del sudeste asiático. El número de billonarios creció de 0 a 260 en tan solo seis años (2003-2009). La ascendente gravitación del mercado en desmedro de la planificación se verifica en la vigencia de precios libres, que aumentaron su participación frente a las cotizaciones reguladas desde un 3% (1978) a un 98% (2003) del total 13.
Por el contrario, las crisis tienen menor efecto que en el resto del mundo. Este dato indica la persistencia de ciertos vestigios de la vieja estructura de planificación. Pero el impacto limitado de los desequilibrios financieros y productivos obedece en mayor medida al continuado crecimiento de una economía que se amolda a la mundialización neoliberal. Esta adaptación sólo permite respiros que preparan futuros desmoronamientos de gran alcance.
China se mantuvo a flote durante la crisis reciente y su nivel de actividad le permite duplicar el producto cada ocho años. Pero continúa acumulando las enormes tensiones agrícolas, sociales y demográficas que genera la restauración. La elite dominante refuerza este viraje, aumentando la conversión de inmigrantes en trabajadores desprotegidos, multiplicando el cierre de empresas no competitivas y estrechando la asociación con firmas transnacionales.
El modelo chino ya incluye formas clásicas de desposesión y opresión impositiva. En lugar de mejorar el poder adquisitivo popular, los dirigentes acrecientan los subsidios a las compañías que ya están en manos de los capitalistas chinos y ensanchan un nivel de desigualdad, que ya alcanza porcentajes latinoamericanos.
Estas formas de explotación repercuten a escala regional, a medida que el modelo chino afianza su centralidad como contratista y presiona por el abaratamiento de la fuerza de trabajo involucrada en la fabricación de los productos ensamblados.
La presentación del modelo actual como un régimen social progresista enmascara esta realidad. Converge con el entusiasmo que exhibe la prensa mundial hegemónica por un rumbo capitalista, que enriquece a los sectores dominantes.
¿UN MODELO GLOBAL PACIFISTA?
La emergencia de China es vista por Arrighi como un posible aporte internacional al desarrollo del pacifismo. Considera que ese avance tornaría factible el escenario imaginado por Adam Smith, en su crítica al uso de la fuerza como mecanismo de acumulación. Estima que el triunfo de China frente a la militarización norteamericana contribuirá a gestar una sociedad global exenta de opresión. Piensa que esa victoria permitiría la vigencia de relaciones políticas más amigables entre los países y contribuiría a neutralizar paulatinamente al imperialismo 14.
Esta utopía de convivencia pacífica difiere del proyecto comunista en un aspecto central: no exige la extinción progresiva de las clases sociales que alimentan los antagonismos armados. Supone que el ascenso de China bastará para transmitir valores de armonía, respeto y convivencia al conjunto del planeta.
Pero este razonamiento olvida que la violencia en gran escala es un producto de la competencia por beneficios surgidos de la explotación. No hay forma de alcanzar metas pacifistas sin erradicar al capitalismo e impulsar la progresiva extinción del mercado.
Por otra parte, nadie puede transmitir al resto del mundo lo que necesitaría primero construir en su propia casa. La aspiración pacifista de Arrighi choca con un obstáculo evidente: el régimen político totalitario que predomina en China. Este país debería incorporar (antes de exportar a otros), los principios básicos de la convivencia.
Es curioso que China reciba el mandato de conducir un desarme global. Los promotores del pacifismo tradicionalmente recurrían a los antecedentes de neutralismo suizo, convivencia escandinava o liderazgo no violento (Mahatma Gandhi, Martin Luther King). Resulta por lo menos extraño asignarle estos mismos atributos al modelo chino.
Existen muchas evidencias de la persecución política que impera en ese país. Están prohibidos las formas de expresión, los sindicatos independientes y la actividad política autónoma del oficialismo. Esta opresión se acentúo luego de las protestas de Tian An Men (1989).
China es el país más poblado del planeta, adiestra un voluminoso ejército y acumula importantes arsenales nucleares. No soporta acosos norteamericanos, peligros de invasión o grandes amenazas de terrorismo. Tampoco es una pequeña isla -como Cuba- agobiada por embargos, conspiraciones y atentados de la CIA. El carácter represivo de su régimen no tiene justificación y se ubica en las antípodas de la armonía global propuesta por Arrighi.
Este autor supone, además, que los conflictos entre el capital y el trabajo no tienen en China la misma centralidad que en los países occidentales. Estima que la ausencia de concentración capitalista atenúa las confrontaciones sociales 15.
Pero la diferencia radica más bien en la visibilidad que en la inexistencia de esos antagonismos. La irrupción de combativas huelgas obreras es el dato central de los últimos años. Frente a la expansión de las protestas, la persecución inicial que sufrieron los trabajadores ha sido sustituida por concesiones salariales y laborales. Estas luchas ilustraron el nivel de explotación vigente, especialmente en las compañías extranjeras.
Esta acción proletaria es el ingrediente más positivo de la realidad china. Retrata el peso creciente de una población asalariada, que podría impulsar formas de pacifismo para el resto del mundo, a partir de una construcción de la democracia socialista.
A veces se supone que el avance de China entrañaría consecuencias globales pacifistas, por el amplio margen que tiene el país para procesar un desarrollo económico interno, sin ningún ingrediente de agresividad externa. A diferencia del capitalismo japonés -que siempre necesitó lanzarse a ultramar para encontrar espacios de acumulación- el gigante oriental mantiene grandes reservas internas para su crecimiento.
Pero esta prescindencia del ámbito exterior tiende a decrecer, a medida que el país se afirma como potencia e incursiona en el mercado internacional. Ya no participa sólo como exportador de productos básicos, sino que actúa como inversor industrial, operador financiero y gran adquiriente de materias primas.
Los ejemplos de este giro son innumerables. Las empresas chinas aplican en el exterior los mismos criterios de férrea disciplina laboral que imponen en su país. Los tratados de libre comercio que se suscriben con África y América Latina copian los lineamientos de la OMC y el ALCA. La depredación de recursos minerales en el Tercer Mundo no difiere del saqueo usual de Europa o Estados Unidos.
LA TESIS DE LA HEGEMONÍA ORIENTAL
Arrighi reconoce que China despliega su nacionalismo y ciertas ambiciones geopolíticas. Pero estima que la jerarquización de la acción económica atenúa cualquier belicismo.
Con este razonamiento olvida la íntima conexión que mantiene el desarrollo económico capitalista con las tensiones militaristas. Bajo este sistema el reinado de la competencia, el beneficio y la explotación acrecientan la violencia. En el caso específico de China, su inserción en el orden mundial aumenta las “responsabilidades” que deberán asumir las elites dominantes, en la preservación de la estructura coercitiva global.
Existe una errónea identificación de la agresividad imperial con el declive económico. Se supone que el ejercicio de la violencia obedece al intento de preservar liderazgos alicaídos, frente a los nuevos competidores. Siguiendo este postulado se retrata al imperialismo norteamericano como un “tigre herido”, que está siempre dispuesto a recurrir a “zarpazos desesperados” para asegurar su supervivencia.
Pero la experiencia histórica indica que la actitud guerrerista ha sido también corriente entre las potencias emergentes, que necesitaron ganar espacio mostrando sus dientes. Japón y Alemania durante el siglo XX demostraron que el desafío militarista no es patrimonio exclusivo de los imperialismos establecidos.
En realidad, la contraposición entre belicismo norteamericano y pacifismo chino retoma una mirada clásica de autores liberales que han oscilado entre dos posturas. Un imaginario supone que el desarme será alcanzado mediante negociaciones preparatorias de la “gobernanza mundial”. Otra visión considera que la pacificación sobrevendrá con la victoria del país menos belicista. Entre los cambiantes candidatos a ocupar este último sitial, Arrighi selecciona a China.
Pero esta elección introduce otro problema al contradecir un presupuesto central de la teoría de las sucesiones hegemónicas. Como esta concepción le asigna a cada potencia ascendente un rol sustitutivo de la dominación mundial, el ejercicio de esa opresión le impediría emancipar al resto del planeta.
Arrighi capta esta anomalía y por eso reemplaza el concepto de dominación por un criterio de hegemonía. Esta segunda noción incluye características acordes al rol conciliatorio que jugaría China para alcanzar supremacía global. Desde ese lugar desarrollaría un liderazgo político-cultural y no un papel imperial.
Siguiendo esta pista Arrighi reformuló el concepto de hegemonía, subrayando su contraposición con la noción de imperialismo. Recordó que Gramsci utilizó el término para distinguir la dominación (puramente coercitiva) del consenso, ejercitado por medio de la credibilidad y la legitimidad de los gobernantes. Al aplicar esta idea al contexto internacional, buscó definir cuál es la potencia que puede desplegar esa preponderante influencia a nivel político e ideológico 16.
Pero esta interpretación recrea las polémicas sobre los usos de Gramsci. El revolucionario italiano introdujo el concepto de hegemonía para explicar cómo opera un poder ideológico de coerción revestido de consenso. Destacó que esa modalidad incorpora concesiones a los oprimidos para complementar la dominación armada, que ejercen los capitalistas. Concibió ese control como un mecanismo adicional y no sustitutivo del uso de la violencia.
Este razonamiento puede enriquecer el análisis del imperialismo, siempre y cuando se recuerde que la persuasión no sustituye el uso de las armas, en la dominación que imponen las grandes potencias. Este sostén coercitivo es olvidado por las teorías que reemplazan el concepto de imperialismo por nociones de hegemonía. Estos enfoques suelen diluir el papel central que mantiene la acción armada en la regulación de las relaciones internacionales.
No existe por otra parte, ningún atisbo de sustitución de Estados Unidos por China en el terreno político-ideológico. El avance económico de Oriente no se proyecta a esas áreas. Al contrario, la ideología americanista que han asimilado las elites dominantes de todo el planeta, también penetra aceleradamente entre las clases medias y altas chinas.
Arrighi reconoce estas tensiones, pero sólo vislumbra a largo plazo dos posibilidades: el afianzamiento de la hegemonía china o la generalización de un prolongado caos a escala mundial. Si predomina el primer liderazgo se expandirán los mercados auto-centrados, la acumulación sin desposesión y el respecto a todas las civilizaciones. Si este curso no logra abrirse camino, prevalecerá el desorden y la regresión social 17.
Pero en este plano la disyuntiva clásica del marxismo es más sensata. Postula un dilema entre socialismo y barbarie, que implica progreso general si se avanza en la erradicación del sistema capitalista. La otra opción no es un vago estado de caos, sino un reforzamiento de todas las desgracias de la humanidad. Estas desventuras persistirían por la simple continuidad del capitalismo.
NINGÚN PROYECTO ANTIIMPERIALISTA
La presentación de China como desafiante de Estados Unidos, también incluye su reivindicación como aliado de los países dependientes. Se supone que impulsa los convenios Sur-Sur para favorecer un nuevo “Consenso de Pekín”, afín al multilateralismo. Este camino permitiría relanzar las iniciativas antiimperialistas (en la tradición de la conferencia de Bandung), aunque con prioridad en los vínculos económicos y no en las convocatorias político-ideológicas.
Arrighi considera que este escenario empalmaría con una reforma financiera global dentro del FMI y una reorganización política de la ONU, que imprimirían un sesgo más progresista a ambos organismos. Los países subdesarrollados ganarían espacio, mientras avanza un paradigma cooperativo impulsado por China, que contribuiría a la integración autónoma de las naciones del Sur 18.
Pero este pronóstico incluye muchos ingredientes especulativos que reflejan deseos y no cursos verificables. China ha defendido hasta el momento el orden global, evitando cualquier construcción alternativa. Se ha integrado al circuito capitalista sin cuestionar ningún pilar del edificio neoliberal.
Tampoco repite la estrategia que impulsaron en el pasado los miembros del “bloque socialista”, para conformar alguna asociación de economías distanciadas de los centros capitalistas. El Nuevo Orden Internacional (NOEI) que promovía la vieja Unión Soviética o los mecanismos de la planificación concertada que ensayaba el COMECON, no figuran en los planes de China.
La capa dirigente oriental resiste, además, cualquier contacto con los movimientos sociales mundialistas. En Pekín y Shangai hay reuniones de negocios, pero no eventos de resistencia. En este plano, las diferencias con Cuba, Bolivia o Venezuela (que albergan incontables encuentro de movilización antiimperialista) son muy significativas.
Las elites chinas se sienten más a gusto en el G 20, la OMC o la ONU, que en cualquier Foro Social. Están familiarizadas con Davos y alejadas de toda protesta contra la mundialización neoliberal. Esta ubicación no es una necesidad transitoria, ni obedece al equilibrio diplomático. Quienes propician la restauración de la propiedad privada de los medios de producción han perdido afinidad con los proyectos anticapitalistas.
No existe ningún indicio de la política internacional que avale la expectativa en un rol progresista de China. Sin embargo, ese escenario es imaginado cuando se afirma que el “Consenso de Pekín” tendrá basamentos en la economía y no la política. Esa segmentación constituye un artificio que olvida la interconexión entre ambas áreas, en los desenvolvimientos favorables o cuestionadores del status quo.
Como las acciones internacionales chinas están invariablemente guiadas por cálculos de rentabilidad, lo que predominan son políticas orientadas a sostener la estabilidad capitalista. Los tratados comerciales o los convenios de inversión que promueve el país, no difieren de las iniciativas impulsadas por Estados Unidos, Europa o Japón. Estas similitudes se extienden al plano geopolítico.
Estas semejanzas inhiben cualquier viraje de China hacia posturas antiimperialistas y el interrogante a dilucidar se dirime en el terreno opuesto: ¿Transita el país un proceso de conversión en potencia imperial? Más que un liderazgo cooperativo, lo que está en juego es el ingreso del gigante oriental al club de los opresores mundiales.
Arrighi descarta esa posibilidad. Considera que el desplazamiento productivo hacia el continente asiático crea alianzas con las naciones subdesarrolladas, en choque con las viejas potencias. Pero no aporta fundamentos para situar la perversidad imperialista en una trinchera y la cooperación amigable en la vereda opuesta. Ambos polos están regidos por principios de competencia capitalista, que conducen el despojo de los pueblos desfavorecidos.
China enfrenta no sólo una tentación imperial, sino también cierta compulsión a embarcarse en ese rumbo. Esta presión es una consecuencia de su acelerado desenvolvimiento capitalista. Algunos autores estiman que el país ha quedado situado en la actualidad en un estadio transitorio. Adopta posturas de dominación y recurre a la exportación de capitales y mercancías en gran escala, pero no pertenece al núcleo de las potencias imperiales. Los beneficios surgidos de la explotación de ultramar todavía representan una porción pequeña de los ingresos de las elites 19.
Esta caracterización indica un camino de conversión de China en potencia imperialista. Es tan solo una hipótesis futura cuya concreción requeriría superar varios escollos, en la contradictoria relación del país con Estados Unidos.
China tampoco puede actuar plenamente como potencia expansiva, mientras mantenga un nivel de desarrollo tan bajo en términos de PBI per capita. Resulta difícil imaginar cómo podría ser adaptada una clase obrera tan numerosa a alguna estructura imperial. En cierta medida la aproximación o alejamiento hacia ese estadio dependerá de la estabilidad de la fracción costero-exportadora que controla el régimen político.
En una era de gestión imperial colectiva y agotamiento de las rivalidades bélicas del imperialismo clásico, la eventual incorporación de China al club de grandes mandantes internacionales es dudosa. Pero la persistencia de un ritmo de crecimiento tan intenso induce a la adopción de actitudes sub-imperiales, especialmente con la red de economías regionales que dependen de sus decisiones.
China comanda un taller de ensamble manufacturero de todo el Sudeste Asiático. Ese liderazgo acrecienta las desigualdades zonales y genera serias tensiones. Desde la crisis del Sudeste Asiático (2007), el país ha disputado exitosamente con sus vecinos la recepción de inversiones externas y la concreción de negocios. Se está consolidando, además, una división del trabajo, que refuerza la dependencia de las economías menores. Estos componentes subimperiales están ausentes en la visión de Arrighi, que reduce por principio la vigencia de estas tendencias a los países occidentales.
CAPITALISMO Y MERCADO
El contraste que establece Arrighi entre expansión cooperativa china e imperialismo agresivo norteamericano se inspira en un contrapunto paralelo, que realza los méritos de la economía de mercado y cuestiona las adversidades del capitalismo. Estima que el primer sistema (reivindicado por Smith) disuade la opresión y el segundo (denunciado por Marx) genera acciones imperiales.
Esta separación radical entre mercado y capitalismo se basa en una diferencia real entre el simple intercambio de productos y su integración a un sistema de explotación basado en la propiedad privada de los medios de producción. El mercado precedió históricamente al capitalismo y debería sucederlo durante un prolongado lapso.
Pero el mercado siempre operó al interior de algún modo de producción, que definió sus peculiaridades. Complementa el funcionamiento de cierta estructura productiva y no define por sí mismo la vigencia de un régimen social.
Por estas razones son muy confusas todas las referencias a “economías de mercado”, que no especifican cuál es el sistema social en se desenvuelven los intercambios. En la época de Adam Smith el mercado acompañaba el despunte del capitalismo, que emergía en Occidente y no lograba abrirse paso en Oriente. Resulta indispensable esclarecer estos conceptos para evitar presentaciones abstractas, que divorcian el desarrollo del mercado de su contexto capitalista.
Es un error desconectar ambas nociones, suponiendo que en la actualidad existe un devenir pleno del mercado ajeno al capitalismo. Esa entidad es un pilar del orden económico vigente, que no genera desarrollos propios, ni auto-suficientes.
Comprender este entrelazamiento con el capitalismo es vital para entender cómo se vincula la acción mercantil, con el sostenimiento de beneficios basados en la explotación. Es tan artificial separar la acumulación del intercambio mercantil, como suponer que este tipo de transacciones obstruye la expansión imperial.
Este supuesto proviene de una idealización del mercado, basada en los méritos que Adam Smith atribuyó a ese organismo. El fundador de la economía política extendía, además, esas cualidades al capitalismo naciente, sin limitarlas a virtuosas actividades localizadas en Oriente.
Arrighi identifica al capitalismo con la búsqueda de lucros ilimitados que desatan grandes convulsiones, pero omite señalar la conexión de ese sistema con la intermediación mercantil. A partir de este desconocimiento establece una equivocada contraposición entre capitalismos occidentales (que conducen al imperialismo) y economías mercantiles de Oriente (ajenas a ese resultado). Las ambigüedades e indefiniciones que rodean al concepto de “economía de mercado” no son ajenas a ese desacierto.
BELICISMO CONTRA PACIFISMO
Arrighi retoma la identificación tradicional del imperialismo con las conquistas militares, el desborde fronterizo y la ambición comercial. Estas características son asociadas a la depredación que instrumentó Occidente y contrapuestas a la regulación estatal del beneficio que imperó en Oriente. ¿Pero puede una economía guiada por el patrón de la ganancia auto-restringirse a la esfera interna? ¿La dinámica competitiva no tiende a proyectarse al exterior?
El enfoque de Arrighi establece una muralla entre ambos modelos. Por un lado, afirma que el capitalismo ha tendido a globalizarse desde su origen y por otra parte, sostiene que en esa estructura mundializada coexistieron dos modalidades de acumulación totalmente divorciadas. Estos presupuestos son contradictorios.
La identificación que postula Arrighi del imperialismo con un pernicioso comercio externo es también problemática, puesto que omite el servicio que brindó esa actividad a los industriales. Fueron los productores de acero, energía eléctrica y cemento, los causantes de las grandes conflagraciones de principio del siglo XX. En realidad, la expansión imperial nunca obedeció al interés de un solo sector de las clases capitalistas. Siempre expresó confluencias de todos los grupos dominantes.
El mismo inconveniente se verifica en la identificación del imperialismo con la preeminencia financiera, que Arrighi emparenta con la agresividad comercial y la declinación de las potencias hegemónica. Estima que Génova (desde 1540), Holanda (desde 1740), Gran Bretaña a partir (1873-96) y Estados Unidos (1970) padecieron “otoños financieros”, signados por la sustitución de inversiones productivas por especulaciones bancarias, que exacerbaron el belicismo 20.
Esta visión discrepa con la cronología, pero no con el contenido de las tesis de Hobson o Hilferding. Presenta a los financistas como responsables de políticas guerreras tendientes a garantizar el manejo privilegiado de los recursos monetarios, pero olvida otros propósitos y protagonistas. Los imperios comerciales se expandían para asegurar mercados de venta, los imperios coloniales atropellaban para colocar excedentes industriales y el imperialismo del capital arremete para garantizar los negocios de las empresas transnacionales. El imperialismo protege los intereses de las clases dominantes y de sus distintos exponentes en cada época o país.
Pero Arrigihi no pone el acento en la diferenciación de estos grupos, sino en las consecuencias expansionistas que tiene el control del estado por cualquiera de estos sectores. Presenta al belicismo como un resultado de ese manejo ¿Pero acaso podría ser de otra forma? Quienes detentan el poder económico tienen a manejar también el poder político.
Arrighi estima que esa supremacía tiene consecuencias militaristas, cuando nadie se interpone en las decisiones de los poderosos. Pero olvida que los capitalistas no necesitan ejercer directamente los cargos que ocupan sus socios de la alta burocracia. Ambos sectores manejan las áreas estratégicas del estado burgués y ese control tiene efectos imperialistas, derivados del carácter destructivo que asume la acumulación. La primacía de una fracción guerrera al frente de ese estado, nunca fue un acontecimiento fortuito. Siempre obedeció a necesidades belicistas del conjunto de los dominadores.
Arrighi asocia el imperialismo con la expansión territorial, sin tomar en cuenta que esta característica sobresaliente de la era pre-capitalista perdió relevancia en el último siglo. Mientras que los viejos imperios necesitaban capturar regiones para sustraer recursos, el imperialismo contemporáneo obtiene los mismos insumos por medio de los negocios. Recurre a los réditos de la inversión extranjera, sin necesidad de imponer la sujeción formal de los territorios ajenos.
La presentación del imperialismo como una deformación militarista impuesta por financistas o grupos enriquecidos que manejan el estado tiene afinidades con la visión liberal. Identifica la agresión externa con la primacía del extremismo en los gobiernos metropolitanos y plantea razonamientos semejantes a los utilizados por los teóricos convencionales, para asociar exclusivamente al imperialismo con el militarismo y el territorialismo.
Este abordaje conecta el belicismo con la codicia descontrolada de ciertos segmentos minoritarios (conspiradores, fabricantes de armas, complejo militar-industrial). Visualiza al estado burgués como una entidad neutral, cuyo manejo está en disputa. Si ganan los militaristas hay efectos imperiales y si triunfan sus adversarios predomina la pacificación. Se desconoce que el devenir del estado está siempre condicionado por el interés mayoritario de los dominadores.
Es importante recordar también que los cursos imperiales no han sido patrimonio exclusivo del capitalismo occidental. Una gran potencia de Oriente –como Japón- encabezó el militarismo de principio del XX. Ese expansionismo alcanzó la misma virulencia que sus pares europeos, confirmando que la política de conquistas nunca fue un rasgo exclusivo del Viejo Continente.
El ensayo de Arrighi aporta importantes materiales de investigación de la historia china y esclarece aspectos esenciales de esa evolución, a través de fascinantes descripciones. Indaga las causas que condujeron a forjar el modelo introvertido de Oriente, desde una óptica muy distinta a las viejas miradas positivistas, que cuestionaban el estancamiento asiático reivindicando el progreso europeo.
Pero estas contribuciones contrastan con su discutible interpretación de Adam Smith, con las cuestionables continuidades que establece entre distintas economías de mercado y con la presentación del modelo chino actual, como la antítesis del imperialismo.
BIBLIOGRAFÍA
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RESUMEN
El estudio del imperialismo no debe ser sustituido por el análisis de la hegemonía. Esta visión inspira la contraposición del territorialismo occidental con el pacifismo oriental y desconoce los entrelazamientos del capitalismo con el mercado. Presupone una errónea universalidad del capitalismo desde el siglo XV e identifica el belicismo occidental con la expansión comercial externa, omitiendo el servicio que brindó a los industriales.
El protagonismo japonés demuestra que Oriente no ha sido ajeno a la agresividad imperial. El contraste de la decadencia norteamericana con el ascenso de China soslaya un tipo de asociación entre ambas potencias que no puede ser analizado con los modelos de Adam Smith.
Es indispensable caracterizar adecuadamente los rasgos centrales del capitalismo para registrar la restauración en curso de ese sistema en China. Un liderazgo pacifista oriental choca con el totalitarismo y la hipótesis de una hegemonía ideológica china contrasta con la difusión del americanismo entre las elites del país. No existen indicios de giros hacia propuestas antiimperialistas.
Notas:
3 Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009,
4 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 3 y 8)
5 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 3, 8 y 11).
6 Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 1, 3, 11).
7 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (cap 1, 2, 3, 8 y11)
8 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 11).
9 Arighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (introducción, cap,2)
10 winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009, London. Arrighi Giovanni, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”, Herramienta n 38, junio 2008. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid, (introducción, cap 5, 6). Arrighi Giovanni, “The
11 Ferguson Niall, “El matrimonio entre China y EEUU no podía durar”, Clarín, 28-12-09
12 London. Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009,
13 Ver: International Conference of Economist on Globalization, La Havana, march 2010. Hart-Landsberg Martín, “China, capitalist accumulation and the world crisis”, XII
14 Arrighi Giovanni, “Entrevista”,www.mst.org.br/node, 20-6-2008-Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009, London.
15 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 3).
16 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid.(cap 6)
17 Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (epilogo) -Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, Mars-April 2009, London.
18 Herramienta n 38, junio 2008. Arrighi Giovanni. Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (epilogo) Arrighi Giovanni, “Conceptos fundamentales para comprender el capitalismo actual”,
19 2011 Hung, Ho Fung, “China’s crisis” The crisis this time Socialist Register 2011, Toronto
20 Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal, 2007, Madrid (cap 8).
Claudio Katz es economista, investigador y profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página webes www.lahaine.org/katz

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