sábado, 24 de abril de 2010

La muerte de la literatura según Todorov

Crítica y contribución al debate acerca del libro: La Literatura en peligro de Tzvetan Todorov
Blas López-Angulo
Rebelión

En La literatura en peligro Todorov repasa sumariamente las relaciones entre literatura y comprensión del mundo. Cuestiones como la “el arte por el arte”, la autonomía de la obra, etc., han dado en dividir la producción entre una literatura de masas y una literatura elitista de críticos y académicos estudiosos. Cualquier método de análisis que, olvidándose de su función, se entroniza como fin en sí mismo no sólo peca de reduccionista, sino de irresponsable. Nos lo dice alguien que en los ochenta había comenzado su desarraigo del corsé de los sistemas y las categorías. La Bulgaria comunista, confiesa que coartaba su libertad investigadora, por lo que se refugió en los estudios de la forma. Para evitar tanto una adhesión a la temática revolucionaria que no sentía, así como una desafección que tampoco practicaba. Llegado a París en 1963 profesionaliza su interés por los citados estudios: se afilia al círculo de Barthes, traduce al francés y compila a los formalistas rusos, ahonda en el estructuralismo, la filosofía del lenguaje y la semiótica . Sin embargo, a raíz de su creciente afinidad con los temas de la otredad, pronto pierde su afición por los aparatos analíticos establecidos. ( Personalmente, en los 90 mi conocimiento se corresponderá con este “segundo Todorov”).
Esta toma de distancia se traduce en Crítica de la crítica (1984), cuidado embate contra la concepción inmanente de la literatura defendida desde hace 200 años por los románticos y sus innumerables herederos. Parecen olvidar, alega Todorov, que “La literatura trata sobre la existencia humana”. Efectivamente, en 1750 -nos recuerda el ensayista- surge la Estética como disciplina (ciencia de la percepción) completando un giro, puesto que los cánones tradicionales se centraban en la Retórica (se aprendía cómo escribir). Como consecuencia muchas artes abandonan su servicio en iglesias o palacios instalándose en museos para ser contempladas por su solo valor estético. El famoso urinario de Duchamp se convertirá en obra de arte, por el mero hecho de trastocar su ubicación y destino. Lo cual no es de extrañar, dado que a principios del siglo XX el arte termina por romper su relación con el mundo. En parte, debido al impacto de las tesis de Nietzsche que niega la verdad o la validez de cualquier método para llegar a ella. No es casual su influencia posterior en filósofos como Heidegger, Gadamer y posmodernistas: Lyotard, Vattimo, Rorty...Se negará la mayor: no sólo la literatura no está legitimada como vía de conocimiento, sino que el discurso filosófico y científico se verán afectados por esa misma sospecha. Los “deconstruccionistas” los describirán como si fueran géneros literarios. Ahora bien, a Rorty Todorov le tiene bastante en cuenta cuando aquel propone en un estudio ( Redemption from Egotism. James and Proust as spiritual exercices, 2001) la aportación de la literatura a nuestra comprensión del mundo. No como verdad o conocimiento, sino como cura para nuestro “egotismo” . “Lo que las novelas nos ofrecen no es un nuevo saber, sino una nueva capacidad de comunicación con seres diferentes de nosotros, y en este sentido participan más de la moral que de la ciencia” (p.88, La literatura en peligro ).
Todo esto por contradictorio que nos parezca no deja de tener su coherencia. Equiparados todos los “relatos”, ante la esterilidad de cualquier propuesta filosófica, cabe, en cambio, otorgar al arte, además de su plus estético, una especie de iluminación “comunicativa”en un plano de “interacción subjetiva”. El siguiente paso sería recomendar las enseñanzas de Eurípides, Dante, Shakespeare o Cervantes sobre la condición humana antes que las de los más eminentes sociólogos o psicólogos.En mi opinión, los excesos del formalismo académico, íntimamente ligados al nihilismo y solipsismo que también cita Todorov, han pervertido algunas claves bien armonizadas desde el Renacimiento, perfectamente retomadas en la Crítica del juicio (1790) de Kant. Lo bello no puede objetivarse, pero puede reconocerse y valorarse moralmente de forma consensuada por la comunidad.
Por lo demás, los peligros de la literatura no sólo tienen que ver con sus mercenarios exégetas. Evidentemente, la cultura audiovisual del pasado siglo, unido a las nuevas tecnologías del presente, incluso los nuevos soportes, condicionan su futuro tanto o más. Y conforma su propuesta de “fomento” de la lectura, incluso de aquella literatura que personalmente aborrece, un espíritu afín a las utopías rousseaunianas de la Ilustración basadas en la educación y progreso, actualmente, al menos en parte, cuestionadas.En definitiva, conviene relativizar los peligros de la literatura y el arte. Ya en su tiempo Hegel pronosticó la muerte del arte, justo por lo contrario, "la apoteosis de la razón". Manejaba un concepto, Aufheben, con un doble sentido contradictorio en alemán, que por lo dicho antes nos viene de perlas. Aufheben quiere decir por un lado “superar en tanto que abolir ” . El arte y la literatura abolidos como lenguajes, trivializados. En cambio, Aufheben, “ superar” es también elevar a un estado superior su sentido, trascenderlo, conservarlo (¡en una 3ª acepción complementaria!) en otro nivel, no suprimirlo. Por eso mismo, Schlegel con ironía relativizaba los virtuosismos de las formas. Lo cual como compartía el otro día, a propósito del ensayo de Chirbes, no quiere decir que el autor deba despreciar la sabiduría literaria acumulada. Ni que su obra deba separarse del acervo universal de toda experiencia humana. De otra manera y durante la anomalía del franquismo lo dejó escrito en su pizarra el profesor de Estética, precisamente, José Mª Valverde, antes de renunciar a su cátedra: “ Nulla aesthetica sine ethica. Ergo apaga y vámonos”.

miércoles, 21 de abril de 2010

La parábola del elefante y las pulgas. Un libro imprescindible para la izquierda (IV)

Sobre la edición de Los ejércitos secretos de la OTAN de Daniele Ganser. Grecia y los ejércitos stay behind.

Salvador López Arnal
Rebelión

En la cronología de las páginas 340-346, Grecia aparece en una sola ocasión. La siguiente:
1967. En Grecia, el ejército stay-behind Fuerzas de Asalto Helénicas toma el control del Ministerio de Defensa griego y comienza un golpe de Estado, instaurando una dictadura derechista.
Sin embargo, el capítulo de Los ejércitos secretos de la OTAN dedicado a Grecia, el décimo sexto, es uno de los más interesantes del ensayo de Daniele Ganser. Es magnífica la explicación del final de la guerra mundial en Grecia, y de la posterior intervención imperial (que refuta la que fuera usual afirmación en torno a que la primera intervención militar en Europa después de la II Guerra Mundial se produjo con la invasión de Budapest por las tropas del Pacto de Varsovia en 1956) y está igualmente a su altura lo narrado sobre el golpe fascista de 1967. Dejo ambos temas para una próxima colaboración.
Me centro en una conversación, y en una derivada posterior, entre el entonces comandante en Jefe Imperial Lyndon B. Jonson, el sucesor de Kennedy, un presidente demócrata, no republicano, y el embajador de Grecia en la Casa Blanca, Alexandr Matsas. Fue en 1964.
Jack Maury, que había reemplazado al antiguo Jefe de Estación de la CIA en Atenas, había recibido la orden de eliminar a Georges Papandreu del poder. Tiempo atrás, Papendreu había emprendido una lucha contra la CIA y el KYP, el servicio secreto militar griego, forzando la dimisión del primer ministro griego conservador, abiertamente apoyado por la CIA, Constantino Karamanlis. En la siguientes elecciones, en noviembre de 1963, la Unión de Centro, una coalición de centro izquierda, consiguió el 42% de los votos y 138 escaños en el Parlamento. Papandreu fue elegido primer ministro de 1964. Desde la invasión de Hitler, era la primera vez que la derecha griega, y los sectores sociales que tan fielmente representaba, se enfrentaba a una pérdida relativa de poder. Para muchos, es una constante político-historiográfica, sonó la alarma y hubo gritos: el país se encaminaba, dijeron, gritaron, hacia la toma del poder por el Partido Comunista. La sentencia fue dictada al poco: Papandreu debía ser eliminado.
Adoptando un perfil visiblemente arrogante, vistiendo trajes llamativos y grandes anillos y conduciendo un coche grande americano —más grande que el del embajador, como se aprestaba a apuntar—, señala Ganser (página 302), el Jefe de Estación de la CIA quiso hacer una demostración pública de poder. Con el apoyo del Rey Constantino (el pariente de la Reina Sofía de España), los realistas y oficiales derechistas del ejército y el servicio secreto, maniobraron en junio de 1965 para expulsar a Papandreu del cargo de primer ministro por prerrogativa real. Le siguieron numerosos gobiernos de corta duración. El ejército secreto, aconsejado por el oficial del KYP Konstantin Plevris, se empleaba a fondo, y clandestinamente, para manipular el clima político.
Estallaron bombas en todo el país. El puente Gorgopotamos fue volado en pedazos por una de ellas en 1965, cuando la izquierda y derecha democrática se unían para conmemorar su resistencia a la ocupación nazi “y, en particular, conmemorar la maniobra con la que dejaron empapados a los alemanes tras volar el puente en plena ocupación”.
La masacre fascista dejó cinco muertos y casi 100 heridos, muchos gravemente heridos.
Tiempo después, un oficial implicado en las operaciones secretas stay-behind, declaro que ellos eran “oficialmente terroristas entrenados” subrayando que habían disfrutado siempre de un poderoso apoyo. ¿Qué apoyo? Tenía un nombre conocido: la administración de Lyndon Johnson en Washington, “quien ya en el contexto de la guerra en Chipre había dejado claro al gobierno griego quién estaba al mando”.
En el verano de 1964 el Presidente en Jefe L. B. Johnson llamó al embajador griego Alexander Matsas a la Casa Blanca, Le señaló que el problema en Chipre debía ser resuelto dividiendo la isla en una parte turca y otra griega.
Matsas rechazó el plan. Johnson tronó como Zeus y Júpiter juntos y exaltados. Por su boca y sus ojos. Estas fueron sus palabras:
“[…] Entonces escúcheme, Sr. Embajador, que se joda su Parlamento y su Constitución. América es un elefante. Chipre es una pulga. Grecia es una pulga. Si estas dos pulgas continúan picando al elefante, simplemente serán aplastadas por la trompa del elefante. Bien aplastadas” [la cursiva es mía]
El gobierno de Grecia debía seguir las órdenes de la Casa Blanca. La razón esgrimida por mister Jonson era clara pero no distinta: “Pagamos muchos dólares americanos a los griegos, Sr. Embajador. Si vuestro primer ministro me da una lección sobre democracia, Parlamentos y constituciones, él, su Parlamento y su constitución no durarán mucho”.
Matsas, consternado, acaso con voz débil, se atrevió a afirmar: “Debo protestar por su actitud”. Johnson siguió en su tono anterior: “No te olvides de contarle al viejo Papa —¿cuál es su nombre? [SLA: L.B.J. se refería a G. Papandreu]— que te lo he dicho. Recuerda decírselo te digo”.
Matsas, como era su obligación institucional, cablegrafió la conversación por teléfono al primer ministro griego. El servicio secreto norteamericano interceptó el mensaje. El teléfono de Matsas sonó poco después. El comandante en Jefe estaba al otro lado del auricular:
“¿Está intentando entrar en mi lista negra, Sr. Embajador? ¿Quieres que me enfade realmente contigo? Era una conversación privada entre tú y yo. No tenías por qué poner todas las palabras que utilicé contigo. Cuidado con lo que haces”.
La línea se cortó. Hubo una situación parecida pocos años después.
Andreas [1], el hijo de George Papandreu, fue testigo de las manipulaciones y la guerra secreta en su país. Andreas había dejado Grecia en los años treinta para escapar a la represión de la dictadura de Metaxas. Se convirtió en ciudadano americano, llevó una carrera exitosa como economista y académico y encabezó el departamento de economía de la Universidad de California en Berkeley.
Durante la segunda guerra mundial sirvió en la Marina de los EEUU. Después de la guerra fue contactado por la CIA para trabajar en el grupo de políticas mediterráneas. Fue miembro de la agencia usamericana. Cuando comenzó a comprender el rol de los Estados Unidos en Grecia cortó sus lazos y a finales de los años cincuenta volvió a Grecia para convertirse en uno de los críticos más destacados de la política de los Estados Unidos.
El joven Papandreu atacó en sus discursos la interferencia estadounidense en la política griega, a la OTAN, a la corrupción del rey, a los partidos conservadores griegos y al establishment griego en general. En 1964, Andreas Papandreu asumió cargos ministeriales y descubrió que el KYP espiaba rutinariamente las conversaciones en los ministerios y enviaba los datos a la CIA. Despidió a dos oficiales de alto rango del KYP e intentó reemplazarlos por oficiales más fiables. Les ordenó interrumpir toda cooperación con la CIA. El nuevo Director del KYP “volvió a decir, disculpándose, que no podía hacerlo. Todo el equipamiento era americano, estaba controlado por la CIA o por griegos bajo supervisión de la CIA. No había ningún tipo de distinción entre los dos servicios. Duplicaría las funciones una relación de contraparte”.
Cuando Papandreu desafió al KYP, Norbert Anshutz, el subdirector de la Misión Diplomática de la Embajada norteamericana, fue a visitarle. Le aconsejó revocar sus órdenes al KYP. Papandreu se negó y ordenó al funcionario norteamericano que abandonase su oficina. Anshutz replicó advirtiéndole que “habría consecuencias”.
Las hubo. El golpe de Estado militar llegó la noche de abril del 20 al 21 de 1967, un mes antes de las elecciones programadas. Las encuestas, incluyendo las de la CIA, predecían una arrolladora victoria de la Unión del Centro.
El elefante aplastaba, en compañía de sus amigos de siempre, a las pulgas rebeldes.
Nota:
[1] En colaboración con J. R. Lasuén, Sacristán tradujo a principios de los sesenta La economía como ciencia de A. G. Papandreu para la colección Zetein de Ariel que él mismo dirigía. Escribió además una presentación, fechada en diciembre de 1961, firmada conjuntamente con Lasuén pero cuya autoría, según varios testimonios coincidentes, es obra exclusiva suya. Representa en mi opinión una apretada manifestación de las posiciones metodológicas iniciales de Sacristán en el ámbito de las ciencias socials. Algunas de las preocupaciones vertidas en este escrito se mantuvieron inalterables a lo largo del tiempo, como puede corroborarse con los apuntes de metodología de la ciencia de sus cursos de 1981-1982 y 1983-1984.
La positiva consideración del ensayo de Papandreu no implicó ausencia de matices críticos. Así, en una conferencia sobre “Formalismo y ciencias humanas” (1962), Sacristán señalaba:
“(...) Más interesante es la observación de Papandreu, la que se refiere a la polivalencia semántica o polisemantismo de las teorías económicas más elementales, esto es, las de Estática comparativa -si no más elementales, por lo menos no las más complejas (...) Pero lo primero que ya hay que observar es que polivalencia semántica se presenta ya en matemáticas, no sólo en Ciencias Sociales, sino en la más abstracta de todas las disciplinas que cultivamos, aparte de la lógica [...] Con esta primera observación a uno le extraña que un lógico como Papandreu piense que la polivalencia semántica es un rasgo especialmente nefasto de las Ciencias Sociales, por ejemplo, de la teoría económica, cuando ese mismo rasgo resulta darse no ya en matemática superior sino en aritmética. Y no hay ninguna duda de que en aritmética es un mal: está claro que para la teoría del número natural resulta molesto no poder contar con un conjunto de axiomas que sean categóricamente representativos, digamos, del conjunto de los números naturales. Pero, en cambio, en mi opinión, no está nada claro que esa polivalencia semántica sea un mal para ciencias empíricas en general, para ciencias positivas, no ya para Ciencias Sociales, por lo siguiente: Vds. saben que el concepto de campo en Física nació propiamente en relación con nociones eléctricas y magnéticas, propiamente electro-magnéticas; luego el concepto de campo se ha extendido bastante a dominios muy diversos y que yo sepa -subrayo el que yo sepa y subrayo en mi opinión porque naturalmente que no soy competente en Física, como naturalmente tampoco lo soy en ciencias sociales seriamente- pero, que yo sepa, nadie ha considerado un mal el hecho de que el concepto de campo llevara en sí la posibilidad de una polivalencia semántica”.
Al contrario, proseguía Sacristán, todo esto había parecido muy bien en Física y había sido considerado progreso. Progreso de la Física,el que fuera posible someter en general, no ya a propósito del concepto de campo, dominios y ramas teóricas distintas a leyes que contenían nociones en un principio pensadas para uno solo de esos campos. A lo que añadía:
“[…] Naturalmente que, con esto, en Física, donde las abstracciones están ya muy elaboradas, se produce a la larga una unificación de conceptuación que anula lo que tenga de intranquilizador la polivalencia semántica, pero no veo tampoco que esté escrito en ninguna parte que este mismo proceso no pueda ocurrir en Ciencias Sociales...”
El texto de su presentación del libro La economía como ciencia era el siguiente:
“La rapidez con que el público y los estudiosos españoles han tomado conciencia de la importancia de los temas teoréticos en economía, es sin duda, en última instancia, muy buena cosa. Pero el crecimiento rápido, en los adolescentes, igual que en la cultura, suele ir acompañado por el tonto vicio de la pedantería. El aspecto actual de la literatura y la enseñanza de las cuestiones económicas en España son buen testimonio de ello. Pero entre la pedantería del adolescente y la de una producción nominalmente científica hay una diferencia muy importante: la del joven se compensa con la obra de sus años posteriores; la del escritor impaciente, en cambio, no desaparece por el curso de un crecimiento natural; para una rama de la cultura, el crecimiento sólo puede ser fruto de examen de conciencia y propósito de enmienda.
Sería desde luego injusto afirmar que la pedantería entre los economistas sea fenómeno exclusivo de culturas nacionales como la nuestra; lo reciente y rápido del acceso público español a la temática teórico-económica puede, sin duda, haber dado a aquella pedantería más alas -y más lucro al pedante- que en otros países. Pero las causas del fenómeno son universales: movidos por el plausible deseo de llevar sus estudios a edad adulta, los economistas han incorporado masivamente de la filosofía, la lógica formal y la teoría de la ciencia toda una terminología, principalmente analítica, que no se desprendió de las ciencias naturales y, sobre todo, de las formales (lógica formal y matemática) sino cuando éstas ofrecían a la especulación y al análisis filosófico-científico teorías muy redondas y completas. Conceptos e ideales como el de teoría axiomática o, en general, el de construcción algorítmica de un cuerpo de conocimientos no se han aplicado concretamente en lógica o en matemática sino doscientos años largos después de su primera formulación moderna (la de Leibniz) o hasta más de dos mil años después de los primeros y parciales logros de esos ideales (con Aristóteles y Euclides). En los estudios económicos, por el contrario, ha bastado con ver unas cuantas cosas, más o menos claramente, para que los especialistas se lanzaran a intentar articularlas según los ideales de conocimiento que tan larga gestación tuvieron en las ciencias formales y de la naturaleza.
Y si eso puede decirse de los grandes de la teoría económica, no hará falta mucha fantasía para imaginar lo que ocurre entre individuos de menor estatura. En frenética lucha por el prestigio, hay quien ya ha decidido no sumar nunca más, sino ‘integrar’ siempre; no formular hipótesis, sino llamar ‘teoría’ al primer par de ideas que se le ocurren, y no carecemos de personas empeñadas en 'axiomatizar' a toda costa las cuentas de la vieja.
Pero como fondo de esas extremas y grotescas manifestaciones de la pedantería de los economistas hay oscuridades conceptuales bastante más graves, y bastante menos imputables a pecaminosas intenciones publicitarias. El presente ensayo de A. G. Papandreu puede contribuir apreciablemente a disipar entre nosotros dos sobre todo de esas oscuridades. La una se refiere al concepto de teoría; la otra, al carácter empírico de las proposiciones económicas. Por lo que hace al primer problema, la terminología adoptada por el autor -y respetada en la traducción- es un tanto insólita, pero se encamina precisamente a combatir con eficacia el mal uso de la palabra “teoría”: no todo conjunto de enunciados es una teoría, enseña en sustancia el autor, sino sólo aquel cuyo campo de relevancia está unívocamente determinado; y éste no es el caso frecuente en economía. (Papandreu da el nombre de 'modelo' al conjunto de enunciados cuyo campo de relevancia no está unívocamente determinado). Consiguientemente, hay que admitir que los enunciados económicos componen raras veces teorías en el sentido fuerte de esta palabra, tomado de la ciencia de la naturaleza. De aquí, por lo que hace al segundo problema, la importancia decisiva de la verificación empírica. Es precisa no ya por prurito positivista, sino para dar sentido a los modelos económicos. Estos, como todo conjunto de enunciados cuyo campo de relevancia no es unívocamente determinado, no tiene en rigor sentido pleno mientras no se le ponga en relación con algún campo empírico mediante operaciones de verificación. Así pues, por grande que sea la utilidad de la construcción formal de las 'teorías' (modelos), de la formalización lógico-matemática, en economía, habrá que tener presente siempre que el modelo formalizado no es por sí mismo más que aquel 'juego de las cuentas de vidrio' que inspiró a Hermann Hesse una voluminosa y conocida narración.
Seguramente lo más característico del ensayo de Papandreu es que su llamamiento a la sensatez empírica se arguye y construye con un instrumental lógico de primera calidad, del todo suficiente a pesar de la natural compresión de la materia en un volumen tan breve. El concepto (formal) de estructura, tan oscilante y vago en la literatura económica1, se beneficia especialmente de la aplicación de ese instrumental lógico, con una definición que acaso tenga como único inconveniente el de no ser fácilmente intuible para relaciones (funciones) no numéricas. Pero no es cosa de entrar aquí en detalles que el propio autor resume con extraordinario talento didáctico en su excelente capítulo introductorio”.
Sacristán finalizaba señalando que tanto por la difusión relativamente escasa de los estudios modernos de lógica en España –su manual se editaría tres años después- cuanto por las peculiaridades de la terminología del autor del ensayo, había tenido que poner algunas notas a pie de pagína. Fue una constante, una magnífica constante en su labor socrático-traductora.

martes, 20 de abril de 2010

“Elogio a la locura” de Erasmo de Rotterdam

Luis Roca Jusmet
Rebelión

Los clásicos del pensamiento se definen, como bien dice el gran filósofo vivo Pierre Hadot, por su capacidad de presentar una experiencia intelectual que puede ser revivida más allá del momento histórico en que fue escrita. “Elogio a la locura”, escrito por Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI, es un libro bien curioso. Por una parte porque siendo la obra más conocida del autor fue escrita en pocos días como una especie divertimento. Erasmo estaba aburrido en casa de Tomás Moro y en unos días escribe este libro. No es un caso único porque lo mismo pasó con Freud respecto a su “Malestar en la cultura”. En ambos casos hay una frescura y una fluidez que no tienen sus escritos más rigurosos. Pero lo más fuerte es que Erasmo, que ha pasado a la historia por la defensa de la racionalidad de un humanismo equilibrado, pase a la historia con un libro que no es un elogio de la razón sino todo lo contrario. La palabra latina stultia además no es tanto lo que hoy entendemos por locura ( dementia) sino más bien la estupidez.Hay una razón, que podríamos llamar táctica que puede explicar el título. La crítica de Erasmo, que es muy radical y no deja títere con cabeza, podría desencadenarle serios problemas con el poder. Al hablar en nombre de la Locura se cubre con un ropaje satírico que le protegerá, mientras el buen entendedor puede captar su mensaje sin problemas. Pero yo creo que el texto va más allá de esta motivación. Hay una especie de juego saturnal desesperado por parte de Erasmo en el que se da cuenta de que tiene que dar la vuelta a su propio discurso para ser radical, para llegar al fondo de su crítica. Lo que ocurre en su época es que nadie hace lo que dice, hay una impostura generalizada, la Iglesia utiliza el discurso del cristianismo para legitimar el poder, los privilegios y el cinismo de los que lo utilizan. El gran drama es que las palabras que debería utilizar para criticar a los impresentables de su época ha sido apropiada por estos.Podemos hacer una analogía entre la época de Erasmo y la nuestra. Si seguimos a Wallerstein el siglo XVI es el final de un sistema-mundo y el inicio de otro, el capitalismo como economía-mundo. Continuando con su planteamiento la economía-mundo del capitalismo se está acabando y está empezando otra que no sabemos lo que será. Tampoco lo sabía Erasmo ni la gente de su época. Lo único que sabían es que el sistema estaba acabando y los poderosos mantenían sus privilegios como aves de rapiña sin importarles el futuro, que no sería el suyo. Hoy pasa lo mismo: sabemos que el capitalismo está llegando a su límite y que una minoría sigue expoliando a su costa. Pasa también que vivimos esta “crisis de palabras” (según la expresión de Daniel Blanchart en un texto muy recomendable que se titula así). No sabemos cómo expresar nuestra rabia, nuestra indignación, nuestra crítica. Socialismo, democracia, derechos humanos, izquierda, libertad, igualdad eran palabras contundentes que querían decir mucho, que expresaban movimientos reales por la emancipación. Hoy es este discurso es utilizado por los liberales que gestionan el sistema (sean liberales puros, liberales conservadores o socioliberales) y el estalinismo destruyó el sentido emancipatorio del término comunismo. El desaliento es el peligro inmediato que nos acecha pero hemos de ver la manera, difícil por supuesto, de recuperar esta ética de la verdad a través del discurso que en su momento Erasmo no pudo hacerlo de otra manera que elogiando la locura. Yo no sé cual es la solución pero si sé que los que queremos reivindicar la tradición de la izquierda hemos de evitar alimentar con falsas retóricas esta crisis de palabras que tanto daño está haciendo.

domingo, 14 de marzo de 2010

Palabra Pertinente

A propósito del libro Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos (Ocean Sur 2010), de Gilberto López y Rivas
Paul Hersch Martínez
Ocean Sur

Ante los graves momentos por los que atraviesa actualmente nuestro país, donde la trama misma de la sociedad se encuentra sometida a crecientes presiones económicas y políticas, el llamado a la reflexión respecto al papel de las ciencias sociales y las humanidades y al compromiso de quienes a ellas se dedican en México y en América Latina resulta sin duda pertinente. De ese llamado se ocupan los cuatro ensayos que componen la obra Antropología, etnomarxismo y compromiso social de los antropólogos (Editorial Ocean Sur, 2010), del profesor e investigador del INAH en Morelos, Gilberto López y Rivas. Hoy, antes de una estancia de trabajo de campo, tal vez más que nunca en los últimos años, el investigador ha de preguntarse por los medios y las condiciones para realizarla. De entrada, por las condiciones laborales de los participantes, cuando la planta de trabajadores académicos se encuentra estancada a pesar de la relevancia creciente de su trabajo, o por los recursos asignados a su tarea, valorada poco en algunos círculos gubernamentales, sino incluso por las condiciones mismas de seguridad, pues como bien reconocen algunos funcionarios, hay regiones enteras del país donde no solo es desaconsejable llevar a cabo indagaciones entre la población, sino hasta transitar. Digámoslo de manera extrema pero no del todo disparatada: nadie quiere hoy tropezarse con una hielera que contenga un par de cabezas cercenadas. Los momentos de prueba constituyen, para individuos y colectividades, oportunidades de definición que ponen de relieve sus características esenciales. Esa premisa vale a su vez para las entidades académicas y universitarias y sus actores sociales, y es que, ante los embates indiscutibles de la inseguridad, los índices de pobreza en aumento y la incertidumbre laboral; ante la desinformación sistemática proyectada por unos medios de comunicación que a menudo operan como medios de soporización, o ante los graves apremios ambientales, ¿de qué sirven hoy al país esas instituciones académicas? ¿Cómo podemos responder, desde ellas, desde el ámbito interno de cada individuo y desde su desempeño cotidiano ante los retos del México actual? No se ocupa López y Rivas de una mera disquisición ideológica o de presentar un discurso moralizante, sino de clarificar procesos desde un ejercicio de ubicación espacial y temporal. Porque al fin y al cabo se trata de una ubicación, de colocar en contexto un ejercicio profesional, de propiciar una reflexión necesaria. La lectura de los cuatro ensayos contenidos en el libro pone de manifiesto, para empezar, que el tema de la responsabilidad social de los antropólogos en particular y de los profesionistas en general, aun siendo de gran actualidad, no es un tema nuevo en México, pues tiene una dimensión histórica que el autor proporciona. La pregunta por la pertinencia de las ciencias sociales y las humanidades y por la responsabilidad política de quienes se dedican a ellas ha sido formulada antes en nuestro país, y su respuesta ha sido explorada previamente con lucidez, pero la historia de nuestras disciplinas, o buena parte de su historia reciente es poco conocida incluso entre profesionales graduados. Una ciencia social que no se pregunta por su propia pertinencia social y que tampoco parte del referente de su propia historia, constituye una contradicción. Y en ese sentido, López y Rivas alude centralmente en su primer ensayo a un texto que sin duda sigue siendo de gran actualidad: el documento fundacional del Consejo Latinoamericano de Apoyo a las Luchas Indígenas (CLALI), generado en 1984, hoy de aconsejable lectura, porque contextualiza la realidad etnográfica y la reflexión sobre la diversidad cultural en el marco de una realidad social más amplia. El origen colonial de la antropología y el reto de abandonar la mera propensión a inventariar al otro y sus costumbres —en nuestro caso, a menudo al indígena y su mundo—, el reto de trascender la explicable fascinación hacia lo exótico, el desafío de superar el folclorismo para reconocer la dinámica social de los seres humanos y sus colectividades, son tendencias que han sido descritas y analizadas, pero no han sido del todo superadas. El racismo y la exclusión que éste conlleva continúan en nuestra sociedad, aunque se les presente a veces con un ropaje de “tolerancia” o condescendencia. De ahí la necesidad de preguntarse por el impacto de la disciplina justamente en las realidades sociales y en los conjuntos de población de las que se ocupa. Pero además, la inclusión progresiva de nuevos temas y problemas de estudio, de nuevos derroteros de indagación en la antropología, demanda hoy miradas y métodos que —lejos de tomar a los procesos como cosas o de descontextualizar las temáticas—, hagan un esfuerzo por incorporar de manera concreta, en los protocolos mismos de investigación, los rubros de reciprocidad y de pertinencia social de las investigaciones, y el sentido de éstas como aportadoras de insumos para las políticas públicas. Hoy sigue siendo pertinente investigar, tomar el tiempo de otras personas y el propio, pero para con ello ocuparse de los grandes problemas de las colectividades y los individuos y así explorar y fundamentar recomendaciones, ante la grave crisis que hoy constatamos, relativa a la toma inconsciente de decisiones políticas que resultan a menudo cuestionables desde el interés de las poblaciones, decisiones que afectan a esas colectividades y a los individuos que las componen. Y es que las políticas públicas demandan información de calidad, y a su vez, orientación de calidad. Han sido ya muchos años de delegar decisiones fundamentales que afectan a nuestra sociedad, a diverso nivel, en sujetos y grupos de poder carentes no sólo de sensibilidad social y de criterio, sino de información objetiva. Y en este entorno, es preciso estar en guardia permanente ante la perspectiva de una academia que vive mirándose el ombligo, encerrada en el laberinto de las prioridades puestas en las trayectorias personales y que discurre en circuitos ajenos a los problemas cotidianos de la población. Por ello, el texto que comentamos resulta pertinente.La crisis que estamos atravesando es en parte una crisis severa en la calidad de las políticas públicas, carentes del concurso de unas ciencias sociales y de unas humanidades integradas a la política. Problemas de relevancia colectiva pero que se expresan concretamente en la vida de los individuos, problemas de índole laboral, ambiental, educativa o sanitaria, no siempre se abordan con el método y la rigurosidad que ameritan, ni su análisis riguroso, cuando lo hay, nutre los movimientos sociales y los procesos de toma de decisiones. Estos problemas son materia prioritaria de atención y sin embargo, a menudo, se soslayan porque remiten a condiciones estructurales: que nacen de un entramado, del esqueleto que no se puede ver, pero que mantiene la forma de las cosas tal como son. La articulación entre las investigaciones generadas por las instituciones académicas y las políticas públicas es aún, en muchos casos, solamente una buena idea. Las instituciones académicas velan poco por hacer valer sus productos más allá de su propio circuito, y sin embargo, la elección misma de temas y problemas de investigación, incluidas las investigaciones que son parte de la formación universitaria, sin duda ha de enriquecerse al expandirse el sentido social del trabajo académico, que mucho tiene que aportar hoy a nuestro país. Hoy es preciso proveerse de las preguntas oportunas y esenciales que son el nodo mismo de la producción del investigador. Preguntarnos con tino es nuestra responsabilidad. Y en la formulación de las preguntas interviene no una motivación ideológica que puede ser inconsciente, ni sólo una determinada convicción política, sino una sensibilidad social. Con otras palabras, López y Rivas conmina con su libro a salir del circuito cerrado y autocomplaciente de una ciencia social limitada e intrascendente, ocupada de sí misma, pero no de su impacto ante los graves temas y problemas actuales del país, de América Latina y del mundo todo. Un elemento general de la obra es el ejercicio de memoria y a su vez el rescate del etnomarxismo, del cual poco se habla en nuestros días, a pesar de su pertinencia actual. Otro elemento a resaltar del texto es la actualización que brinda respecto al papel de la antropología en un marco actual de transnacionalización globalizadora, donde, a pesar de los discursos de globalización y apertura, unos son los globalizadores y otros los globalizados, y una es la globalización del capital y otra, la falta de globalización real de las oportunidades básicas para todo el mundo. Esto es, la globalización del trabajo digno, la globalización de la justicia, o la globalización de las oportunidades educativas y lúdicas de calidad. Y es que los grandes cambios habidos en los dos últimos decenios han generado una constelación de situaciones que deben de ser abordadas por las ciencias sociales de una manera crítica y a su vez propositiva. Estimulante a diversos niveles, la obra de López y Rivas orilla a explorar con detenimiento varias de sus fuentes, empezando por el citado documento fundacional del Consejo Latinoamericano de Apoyo a las Luchas Indígenas (CLALI). Destaca el autor las aportaciones del etnomarxismo en su crítica al marxismo reduccionista, vinculado con el pensamiento gramsciano que desde el propio marxismo y muchos años antes de que se acuñara el término de etnomarxismo, planteó la dinámica entre culturas a partir de su propia condición de italiano proveniente de un territorio periférico de Italia, la isla de Cerdeña. Uno de los aspectos centrales que es preciso resaltar en la obra de López y Rivas es la atinada crítica hecha hace ya más de un cuarto de siglo, a una perspectiva que no ha sido superada, que es la visión de las etnias como independientes de los procesos clasistas, desconexión que hoy vemos evidente en muchas de las iniciativas que se ocupan, por ejemplo, de la interculturalidad, y recurren a dicho término soslayando el conflicto social, económico y político que enmarca las relaciones interétnicas, situación hoy evidente en el campo de las iniciativas de reconocimiento y valoración de la etnomedicina y de la denominada “medicina tradicional”, que ponen el énfasis en un eje de modernidad-tradición sin reparar en las tensiones sociales inherentes a los mecanismos de innovación y de herencia que se manejan como si lo étnico se encontrase al margen de la dinámica de clases; dicho de otra forma, en énfasis en la dinámica de la diversidad cultural sin considerar la creciente desigualdad social imperante, pues reconocerla implica entrar al campo de las condiciones estructurales subyacentes, las cuales rebasan la dinámica étnica, pero la enmarcan. A su vez, resulta atinada la reflexión del autor al subrayar la estratégica recuperación del pasado, de la memoria histórica, que adquiere sentido y eficacia política en cuanto se relaciona con un presente insatisfactorio, injusto y opresivo. Esta observación, que da pie a reconocer que la dimensión histórica de los procesos forma parte ineludible de la investigación antropológica, se enlaza con el hecho ya puesto en relieve, de que lo étnico no es independiente, incompatible ni antitético con lo clasista. No es menos necesario reconocer, como lo hace la obra, que la solución de la problemática étnica requiere de la acción política de los indígenas y no la aplicación de políticas indigenistas: en ese sentido, para derivar eso en una temática concreta, por ejemplo, la solución de los retos que implica la etnomedicina y la etnobotánica demanda la participación de los actores sociales implicados en los temas y problemas que ocupan a esas disciplinas, y no, como se plantea a veces de manera simplista, el establecimiento de políticas de reivindicación étnica sin el concurso político de los supuestos “reivindicados”. Si lo étnico no sólo es compatible sino dependiente de los procesos de clase, es evidente que lo etnomédico es compatible y además dependiente de esos procesos de clase determinantes en el campo de la salud y la enfermedad. El texto permite una lectura equilibrada que implica no soslayar la dimensión de clase ni soslayar la dimensión étnico-cultural, ya presente en los aportes gramscianos de su momento: sin duda, como se afirma en el trabajo, “en el desarrollo de la nación moderna, los sujetos actuantes no son sólo los constituidos por las clases sociales sino también, dentro de las mismas, los agrupados en torno a las identidades de diversa naturaleza, como las etnias, los grupos de edad, el género y otros”. Cabe señalar finalmente que el texto de López y Rivas, de lectura accesible, y de fundamentada documentación, es una obra que debe ser leída por todo estudiante de ciencias sociales y por todo joven antropólogo, para que pondere la dimensión trascendente de la disciplina en la que se está metiendo y para que se pregunte acerca de su propia responsabilidad respecto a los grandes problemas actuales. Publicado originalmente en El Tlacuache – La Jornada Morelos,número 406, (7 de marzo de 2010)http://www.oceansur.com/news/palabra-pertinente/

jueves, 11 de marzo de 2010

Tercera piel

la última obra de Ramón Fernández Durán sobre las repercusiones sociales y psicológicas de las nuevas tecnologías
Editorial Virus
Rebelión

El siglo XX va a ser testigo de un cambio espectacular: la conquista de las sociedades humanas por la imagen, y la creciente supeditación a ésta del texto escrito y el sonido (voz y música), creando una verdadera «realidad virtual». Esta transformación se produce en el marco de la expansión del capitalismo a escala global, posibilitada y enormemente reforzada por la creación de la llamada Tercera Piel o infoesfera (radio, televisión, Internet...). El desarrollo de la Tercera Piel favorece el desplazamiento de las preocupaciones humanas hacia el espacio de lo virtual, ocultando el deterioro del espacio real, la Segunda Piel, donde residimos físicamente, y trastocando la comprensión del funcionamiento de la sociedad en la que habitamos.
La televisión llega hoy en día a más del 80% de la población mundial, ayudando a configurar una verdadera «Aldea Global». Allí donde en muchas ocasiones no llega el agua, llega la tele. La irrupción de los medios de comunicación de masas, y sobre todo de la televisión, ha impulsado el desarrollo de la Sociedad de Consumo (mediante la constante generación de nuevas y falsas necesidades) y, además, ha permitido crear las condiciones para proyectar fuera de los espacios centrales los valores urbano-metropolitanos, propiciando una capacidad de imposición mundial sin precedentes de los valores e intereses dominantes de Occidente.
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC) asimismo han posibilitado la creación de un capitalismo mundial cada vez más internacionalizado y corporativo, dominado sobre todo por su dimensión monetario-financiera, que opera non-stop, veinticuatro horas al día, y que impone la dictadura del presente, un «tiempo real» único y universal, como el valor del dinero, que desbanca los tiempos, las economías y las culturas locales, provocando el retroceso intelectual y humano de las sociedades tecnológicamente avanzadas.
Tercera piel. Sociedad de la imagen y conquista del alma
Ramón Fernández Durán
ISBN 978-84-92559-19-0 80 páginas 5 euros Más información: http://www.viruseditorial.net

martes, 2 de marzo de 2010

Prólogo al libro "Pensar América Latina. Crónicas autobiográficas de un militante revolucionario" de Ricardo Napurí

Un libro que es una fuente de inspiración para las nuevas generaciones
Nora Ciapponi
Rebelión

Con Ricardo nos unió, a poco de conocernos, una mutua corriente de simpatía. De mi parte, seguramente, porque siempre me entusiasmó conocer a quienes por su personalidad y actividad se convierten en referentes para sectores de avanzada del movimiento obrero y popular. Y Ricardo, sin duda, lo es.
Yo no había tenido más que un conocimiento fugaz y limitado de su persona hasta que lo fui reconociendo a partir de su residencia definitiva en Argentina, a mediados de la década del 80, luego de finalizado su mandato de senador en el Perú.
No voy, por tanto, a relatar su apasionante trayectoria, porque yo como tantos otros lectores la conoceremos de primera mano, y en detalle, por él mismo.
Seguramente Ricardo me eligió para escribir uno de los prólogos (más allá del afecto que nos une), porque en este libro y bajo el subtítulo "El Morenismo: mi tercera experiencia en el movimiento trotskista" da cuenta de su pertenencia a la corriente en la que yo milité durante cuarenta años (1962-2002), habiendo compartido en las filas del Movimiento al Socialismo (MAS) y de la Liga Internacional de los Trabajadores-Cuarta Internacional (LIT-CI) diecisiete años de actividad con él. Años nada tranquilos por cierto, que lejos de parir revoluciones, produjeron virajes profundos en la lucha de clases del país y del mundo, no única pero esencialmente a partir de 1989-90. “Preparados” para otro devenir, y a partir de los duros golpes de la realidad, algunos compañeros nos fuimos convenciendo de que debíamos revisar viejos pronósticos y caminos recorridos, abriendo interrogantes y nuevas reflexiones, las que aun cruzadas por muchas confusiones, momentos traumáticos y muchos errores, fueron convirtiéndose –a través de un largo proceso– en mojones para la búsqueda de una nueva perspectiva militante.

Ricardo fue parte de este proceso de revisión crítica y búsqueda, en el que aportó, además de impulso, su experiencia y reflexiones.

Muchos de nosotros veníamos de décadas en las filas del trotskismo. En mi caso, ingresé a Palabra Obrera en Bahía Blanca, en 1962, luego de conocer fugazmente a los partidos Comunista y Socialista, y cuando estaba preparando mis valijas para trasladarme a Buenos Aires.
Con 19 años –y desde hacía un tiempo– sentía la fuerte necesidad de expresar activamente mi rebelión contra la injusticia, por transformar el mundo y mi propia vida, por lo que decidí despegar de mi familia y alejarme de una ciudad que lejos de sentirla como “mi” lugar la sufría como instrumento de opresión y asfixia. El trasfondo que urgía esa necesidad estaba acicateado, sin duda, por el triunfo de la revolución cubana, que venía a demostrar que mi sueño y el de millones de jóvenes latinoamericanos era posible de realizar.

De aquel fundamental paso dado, nunca me arrepentí. Por el contrario, tuve gran orgullo de ser trotskista, aún cuando eran épocas en las que identificarse como tal implicaba correr el riesgo de ser calificado de “agente de la CIA” y/o de peligroso “infiltrado” en las luchas y en los organismos de los trabajadores. Originadas en los partidos comunistas y en sus Estados burocráticos, estas prácticas descalificatorias para dirimir diferencias se extendieron, con matices y desigualdades, al conjunto de la izquierda mundial. La “verdad” estaba siempre, implacablemente, del lado de quienes detentaban el poder. Por tanto, nada se podía discutir.

Pocos sabían de qué se trataba cuando se hablaba de “trotskismo”, pero no importaba, porque el ataque surtía rápido efecto, sea porque anulaba la discusión sin más contemplaciones y/o porque bajo el rótulo se colocaba un pesado manto de sospechas sobre quien se atreviera a diferir políticamente. El supuesto “adversario” quedaba así a la defensiva, obligado una y otra vez a contar historias, buscando revalidar por esta vía la confianza que había sido magullada tras los ataques, tratando de explicar a quienes se dispusieran a escuchar quién era Trotsky, qué había ocurrido en la ahora ex URSS y qué queríamos los trotskistas. Sin duda, una pesada carga…

Ricardo supo de todo ello cuando no pertenecía a ninguna organización trotskista. Apoyando a la revolución cubana de manera incondicional y activa, se trasladó de Argentina a Cuba y luego, a instancias del propio Che, al Perú, con el objetivo de organizar a los militantes que cuestionaban la política de la dirección aprista (Apra Rebelde) y simpatizaban con la revolución cubana. En el Perú, durante un período, trabajó con Luis de la Puente Uceda e Hilda Gadea (primera esposa del Che) para construir el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). La actividad conjunta se desarrolló hasta 1963, no exenta de intensos debates, luego de los cuales Ricardo terminó retirándose por la dinámica que se fue imponiendo en la organización, cada vez más comprometida con la concepción del foco guerrillero. Definir el lugar que debía ocupar la acción política y reivindicativa en el seno de los trabajadores y el campesinado; si la acción militar debía estar subordinada al trabajo político de masas o si por el contrario el centro de la acción debía centrarse en desplegar iniciativas por parte de una vanguardia, representaron algunos de los más importantes y apasionados debates de la época, los que no fueron propios de las organizaciones peruanas sino que abarcaron al conjunto de la izquierda latinoamericana a partir del triunfo de Cuba y especialmente por la orientación que sus dirigentes tuvieron al intentar impulsar la revolución a nivel continental.

Y aun cuando los partidos comunistas estuvieran más que “ausentes” de cualquier apoyo a los cubanos en esos días de gloria, cuando Ricardo se comprometiera con el MIR a seguir apoyando a las fuerzas guerrilleras que actuaban en el Perú, alentadas por el propio Che, y cuando decidió dejar el MIR por las diferencias que los separaban, conoció el boletín que con grandes titulares así lo despedía: ¡EL MIR zanja radicalmente con el trotskismo!, ¡Hemos aceptado la renuncia de Napurí!

Seguramente la postura de Ricardo respecto de la necesidad de tomar contacto con Hugo Blanco, reconocido trotskista y probado líder campesino de los valles de La Convención y Lares en el Cusco, colaboró a que Napurí se hiciera acreedor del latiguillo descalificatorio de la época.
Casi diez años más tarde Ricardo ingresaría a las filas de una de las corrientes internacionales del trotskismo, la llamada “lambertista” por el nombre de su dirigente francés, Pierre Lambert.

En ese interregno –que duró casi diez años (desde su retiro del MIR hasta el ingreso a la corriente trotskista lambertista)– Ricardo impulsó en el Perú la formación de Vanguardia Revolucionaria (VR), posiblemente una de las experiencias constructivas en la que se sintió plenamente involucrado y que con orgullo reivindica. Tal como lo relata, VR “fue un factor decisivo en la fundación de la Central Obrera en el Perú, de sindicatos obreros y campesinos, y en la codirección del movimiento estudiantil”. Cumpliendo con lo prometido, VR dio desde sus inicios plena solidaridad y apoyo a las acciones guerrilleras orientadas desde Cuba, recibiendo por ello la acusación de promotores de la insurrección urbana, por lo que algunos de sus militantes fueron reprimidos, puestos en prisión o deportados, entre ellos Ricardo.

Innegablemente, aquel período histórico exigía de quienes nos comprometíamos a luchar por una profunda revolución social una búsqueda dificultosa. Por un lado, evitar quedar prendidos de posturas sectarias y/o “gorilas” respecto del papel progresivo que cumplían los movimientos nacionalistas que recorrían el conjunto de América Latina. Por otro, ir más allá de los limitados objetivos de dichos movimientos sin caer en el marxismo oficial de los partidos comunistas, claramente dependientes de los soviéticos y siempre dispuestos a impulsar políticas conciliadoras y/o claramente reaccionarias.

El trotskismo, por tanto, representó una alternativa para quienes buscábamos una opción socialista independiente, tanto del nacionalismo como del llamado “socialismo real”. Tuvo así el innegable mérito de haber sostenido durante décadas –a pesar de implacables persecuciones y en obligada soledad– un firme hilo conductor de las luchas emancipatorias de la clase trabajadora mundial y del marxismo.
Tratando de establecer una clara divisoria de aguas con el Estado burocrático de la URSS y los partidos comunistas, luchó por impulsar la construcción de los organismos independientes de los obreros y los campesinos, única manera –al decir de Trotsky– que pudiera producirse una real transformación hacia el socialismo.

La confianza en la movilización popular, la necesidad de mantener una política independiente de partidos y gobiernos de la burguesía, así como el carácter y extensión de la revolución por la que luchábamos, fueron algunas de las sólidas ideas trotskistas que marcaron por décadas a miles de militantes.

Y aunque Cuba representó para mí una fuerte inspiración para el compromiso militante, siempre recuerdo la imagen de aquella hermosa figura humana que adelantándose a la multitud desplegaba todo su cuerpo para tirar una piedra contra la policía en las calles de Córdoba en 1969.
Fue el momento en que tuve la certeza, por primera vez, de que la clase trabajadora era capaz de unirse, de ganar las calles, de lograr el apoyo de la población, de construir barricadas y derrotar a la policía. ¡Y que no era cuento aquello de la unidad de los estudiantes y de los obreros!

Un año antes había sentido la misma intensa emoción al vivenciar otros dos hechos de la lucha de clases que marcaron profundamente a mi generación junto al triunfo de Vietnam: el mayo del ’68 en Francia que conmovió a toda Europa, y la rebelión del pueblo checoeslovaco contra la burocracia en agosto del mismo año. Ambas manifestaciones adquirirían para mí carácter simbólico, porque se confirmaban las predicciones trotskistas de lucha antiburocrática en los países dominados por la órbita soviética, a la par que se desarrollaba en Francia una profunda rebelión social y política, de denuncia frontal contra el sistema capitalista, haciendo que surgieran nuevos líderes provenientes no sólo del anarquismo sino también del trotskismo, dado el severo cuestionamiento que los estudiantes y los obreros franceses hacían al Partido Comunista por el pobre papel jugado en las memorables jornadas de aquel mayo. Una rebelión que fue mucho más allá de puntuales reivindicaciones y que cuestionó las raíces mismas de la alienación capitalista, logrando desplegar en lucha contra ella las más altas expresiones de arte colectivo en las calles, en las universidades y las fábricas, alejándose como llamaba a hacerlo el Che, de los “ladrillos soviéticos”, símbolos de las groseras concepciones “revolucionarias” que sólo veían objetivos meramente económicos y que poco tenían que ver con las ideas de Marx. “(…) Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo contra la enajenación. (…) Si el comunismo pasa por alto los hechos de conciencia, podrá ser un método de reparto, pero no es ya una moral revolucionaria”, decía el Che en 1963.

Fueron estos cuestionamientos y la búsqueda de nuevos horizontes socialistas –de los que formó parte el trotskismo– lo que conmovió a millares de jóvenes del continente y del mundo. Fue el inicio de una radicalización en la que se exaltaban y llevaban a la práctica los más altos valores de igualdad, de solidaridad y de altruismo, lo que el Che había denominado la lucha por un “hombre nuevo” –en un sentido colectivo de humanidad– para un modelo de sociedad radicalmente antagónica a la civilización capitalista.

Y aunque esos tiempos se fueron, los sueños persisten. Todo –se dice en una canción– está guardado en la memoria, aunque no deberíamos hacerlo bajo cuatro llaves que impidan que lo intensamente vivido pueda y deba aparecer cada vez que sea necesario, una y otra vez, como fuente de alimento, de reflexión crítica y de búsqueda.

Por eso una historia tan intensa como la de Ricardo puede ser fuente de inspiración para las nuevas generaciones si la lectura de su libro sirve para que salgamos de una historia sesenta-setentista un tanto de moda, la que continúa exaltando los mismos métodos, estructuras organizativas, ideas y formas de lucha del pasado no sólo como válidas y únicas, sino peor, actuales. Deberíamos tratar de vernos a nosotros mismos y a las organizaciones a las que pertenecimos como sujetos, pero también productos de una época que necesita de reflexiones críticas colectivas sobre las distintas posturas y experiencias vividas, especialmente para que las nuevas generaciones puedan desbrozar, ensayar y descubrir los imprescindibles caminos a lo nuevo.

Finalmente, no es poco llegar a una larga vida útil como la de Ricardo, rodeado de viejos compañeros y amigos de lucha que lo quieren, respetan y acompañan. Fuimos los que tomando contacto entre nosotros (con la inestimable ayuda de su compañera Tita) quienes pusimos en movimiento la rueda que incluye a franceses, chilenos, peruanos, españoles, uruguayos o argentinos, para que la historia de vida de Ricardo pudiera, finalmente, editarse.

Esta voluntad, con todo lo que ella implica (edición en español y en francés) no “cayó del cielo”. Por el contrario, es adquirida. La supimos conseguir a través de nuestra propia historia en las organizaciones a las que pertenecimos, a las que aun viendo con una mirada retrospectiva crítica, pero siempre comprometidos, seguimos valorando profundamente. También humanamente.

Nora Ciapponi es militante socialista, autora de Los límites del trotskismo y de diversos artículos políticos. Actualmente integra el Frente Popular Darío Santillán.

lunes, 1 de marzo de 2010

La revolución negra

Novedad editorial sobre Haití
Guillermo Nova
La República

Lo que empezó siendo una rebelión de esclavos que luchaban por su libertad se transformó en una guerra por la independencia que derrotó al poderoso ejército de Napoleón Bonaparte, convirtiendo a Saint-Domingue en Haití naciendo la primera nación políticamente independiente de América Latina.
En 1776 Haití generaba más beneficios a Francia que las colonias norteamericanas a Inglaterra, recibía más barcos que el puerto de Marsella y era el mayor productor mundial de café, ron y algodón.
La colonia francesa formaba parte de un triángulo comercial, en las costas del Golfo de Guinea los europeos cambiaban mercancías manufacturadas por personas, luego vendían a los africanos en el Caribe y finalmente llevaban a Europa azúcar, la miseria esclavista fue motor del desarrollo industrial europeo, el subdesarrollo antillano ayudó a la acumulación de riquezas del capitalismo.
El libro La Revolución negra de la argentina María Isabel Grau, publicado por la editorial latinoamericana Ocean Sur, cuando poco se hablaba y menos sabíamos del país más pobre del continente, explica bien todo el proceso
Pasó el tiempo pero no las prácticas, en 1994 desde Washington y apadrinado por Bill Clinton, Aristide fue instalado en el gobierno pero no en el poder, como buen alumno siguió todas las enseñanzas, privatizó y el desempleo llegó a superar el setenta por ciento de la población, siguió las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional y la miseria se hizo más profunda.
Aplicando las políticas neoliberales unos pocos acumularon riquezas y los muchos terminaron por no tener nada, sin industria y destruida la agricultura, los haitianos sólo tenían como salida laboral el narcotráfico, como hábito la corrupción en el gobierno y como futuro la emigración.
Al caos que generaron las políticas de la escuela de Chicago hubo que ponerle disciplina, para ello las potencias extranjeras invadieron el país y con el paraguas de la ONU, una misión con un presupuesto de más de 500 millones de dólares anuales aseguró el desorden que garantizaba el sometimiento y la explotación de los haitianos.
Cuando sucedió el terremoto Cuba ya estaba allí, con un misión médica que en silencio trabajaba lejos de los focos de la televisión, cuando todos los países se marchen del país y la cobertura de los medio de comunicación termine, los médicos cubanos seguirán allí trabajando salvando vidas, porque como Martí con los pobres de la tierra quieren su suerte echar.
María Isabel Grau, La revolución negra, Ocean Sur, 2009.